jueves, 9 de febrero de 2012

Una mala furia de truenos


Escuchar el tembloroso y potente retumbar del trueno contra tu mente quizás relajada, quizás abatida, quizás triste, quizás feliz. Quizás la mía es un caos y cada trueno retumba en mi mente, no en mi cráneo, como si el rayo que pasó me pudiese partir en dos, y fuese otra advertencia más. Pero no lo hace. Y mi mente sigue creando abatimientos, tristezas, risas incontrolables y recuerdos melancólicos de otros tiempos más felices o más complicados. Más laberínticos. Más estabilizados. Más o menos. Más más y menos menos. Pero la música lleva imágenes dolorosas a mi mente, el trueno las hace retumbar con un sonido invisible, solo por un rato, solo hasta que otra toma su lugar y se bambolea provocadora con su cola de plumas de pavo real por mi mente, hasta que otro trueno llega y la tira hacia otros escombrados lugares de mi mente nunca antes tocados por los recuerdos, lugares intactos, vírgenes de dolor y emoción. Como la nieve sin tocar después de la nevada. Tierna, suave, nueva, virgen y tentadora, a veces inalcanzable. Así son los rescoldos de mi mente a los que últimamente los recuerdos y las emociones están llegando. Y el repicar de la lluvia contra la losa blanca y negra crea un arroyo de cielo, de sonido y de pudor que llegó acompañando del brazo al trueno, para calmarlo. Pero este no le hace caso y sigue retumbando, grita sus penas y plegarias, su enojo contenido con cadenas en celdas de barrotes de hierro, amordazado con silencio represor.  Así, para que al caer el rayo, los segundos del trueno antes que este sean más impactantes y hagan a todo aquel al que escucha parar lo que hace y admirar el retumbe ya nada posible de contener de una mala furia de truenos.

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