Cada parte de su alma gritaba "rebelión" pero se comió las ganas de pegarle e ignoró el dolor de ese golpe que ella había recibido.
Esperando que las cosas se calmen, que pudiese ella calmarse, esperó y esperó un imposible. Un perdón sincero que a ella le hiciese confiar en que no la iba a volver a defraudar así.
A ella lo que le dolía no era el por qué de sus acciones sino las acciones mismas que nunca pensó que fuese capaz de hacerle.
Y la rebelión ganó, acallada por algodones pero sobrevivió a todas las otras ofertas.
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