Una mueca se muestra en el reflejo del espejo. Pronto, la mueca se convierte en sonrisa, una sonrisa triste. La tristeza que hay en los labios de la muchacha se pasa a los ojos y los ojos la liberan en forma de lágrimas. Lágrimas que resbalan hasta las comisuras de los labios tristes y siguen su recorrido por la mano que ella tiene apollada en su barbilla.
Cada una de las lágrimas hace su propio camino por su rostro y, pronto, los ojos quedan húmedos y tambien las mejillas. Ella no se preocupa, siquiera, en reprimir esa tristeza. La deja fluir, no aguanta más. Cada pena, cada herida, cada caida pesa como plomo al caer y duelen como dagas en el cuerpo. Las miles de sonrisas que ella esbozó no bastan para animarla y parar su llanto desbocado.
Su naricita un poco roja desaparece entre un par de manos. Unas manos que cubren gran parte de su rostro. Sus ojos se cierran, sus pestañas replegadas unas contra otras presionan para dejar salir las lágrimas siguientes. Las apuran para que la tristeza termine. Se cansa de llorar, se aburre también.
Cuando logra controlar sus emociones otra vez, se mira en el espejo y se endereza. Reprime las lágrimas una vez más para dejar brillar una sonrisa no del todo verdadera.

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