Salgo y me quedo tildada viendo la cortina de lluvia, manto de color nada. Me siento abajo del techo -por mi, saldria y me mojaria, bailaria y me sentaria, todo abajo de su manto transparente- pero no salgo. Me quedo envuelta con mis brazos, callando las ganas de salir y empaparme.
De pronto, veo que algo bate las gotas y me doy cuenta, viento. El viento empieza a enviar gotas de agua hacia mi, hacia la zona mas seca haciendo que las gotas rocen mi piel descubierta. Mi cuello, mi cara, mis brazos, todo siendo atravesado por agua fria, hielo para mi piel caliente. Alivio para el calor.
Me mojo un poco más, empiezo a fantasear con, sin importarme nada, caminar y dar vueltas por el jadrin, chorrear hasta tener frio y aun así, sentir que está bien lo que hice. Por fin, me convenzo a mi misma de que no puedo y entro de nuevo a la casa. Subo un piso y miro caer la lluvia en la terraza, es una cortina de agua, las paredes están completamente empapadas y corre una fina corriente de lluvia, sin cesar. Me recuerdan a una tarde de verano cuando, en una tormenta, me metí a la pileta y después, a correr con mis primos por el jardin. Que tiempos.
Finalmente la tormenta se detiene y todo se calma. Una tormenta pasajera de otoño, como muchas otras, vienen y se van.
No hay comentarios:
Publicar un comentario